La Voz de Héctor Lavoe, aferrada en los verdaderos salseros

Pasa poco menos de media hora hasta que en el Cabo Rojeño suena una canción de Héctor Lavoe. El ambiente se enciende y quienes están en el lugar cantan 'Ausencia' a viva voz, aclarando las gargantas con whisky y cerveza.


Son las 21:00 del miércoles 28 y en dos días, hoy viernes, se celebra el cumpleaños número 70 del cantante puertorriqueño. En el lugar, a quien se le pregunte dice que Lavoe es el mejor o uno de los más grandes exponentes de la salsa. Es que aunque alcanzó la fama en los años setenta y murió hace ya 23 años, aún nadie ha podido superar su facilidad para frasear.
La calle es una selva de cemento...”. Lo sabía bien Hector Lavoe, que la cantó tal y como la vivió, con peligros, alegrías, lágrimas, vicios y sueños. Tenía una facilidad natural para descargar versos que dibujaban la vida urbana, lo que pasaba en las esquinas de los barrios latinos, esa manera de siempre recibir los problemas cantando.
Héctor quiso ser músico desde niño. Luego de incursionar en la música gracias a su padre, quien era saxofonista, y de cantar en algunas bandas de Puerto Rico, llegó a Nueva York antes de cumplir 17 años, siguiendo sus sueños de fama. Se unió a la New Yorker Band y poco tiempo después de eso conoció a Willie Colón, quien tenía un grupo y lo invitó a ser el vocalista.
Héctor Lavoe junto a Willie Colón, cuando empezaron a trabajar juntos.
Ese fue el momento en el que la salsa, esa música de migrantes, comenzó su camino hasta ser conocida en el mundo. Colón, en los coros y la trompeta, y Lavoe en la voz y las maracas, grabaron en total 18 álbumes de estudio entre 1967 y 1973. Después, los problemas entre ellos terminaron con la separación de los músicos.

La fama de Lavoe no fue gratis. Los problemas con el alcohol y las drogas fueron la paga de una vida demasiado intensa, con conciertos y fiestas a diario.
Iván Itúrburu es un guayaquileño fanático de la salsa y de Lavoe. La segunda vez que el cantante visitó Guayaquil, en julio de 1984, Itúrburu lo pudo conocer y compartir con él antes del concierto. “Él estaba en el hotel La Moneda, en P. Icaza y Pichincha, un amigo me dijo que fuera. Lo llevamos al barrio Cuba, al bar del 'Cortijo Bustamante'; comimos chuletas, pero había tanta gente que nos fuimos al sur, nos tomamos una botella, y de ahí al Williams Exclusive Club (el lugar en donde se presentó). Su concierto fue de gran calidad”.
Aunque la calidad de su música era incuestionable, Lavoe solía tener problemas en sus presentaciones por aparecer con unos tragos de más y causar disturbios, o hasta por no aparecer. En su primer concierto en la ciudad, se lo arrestó  por insultar y hacer gestos obscenos al público y al intendente de la época, Abdalá Bucaram, quien lo liberó a cambio de que ofrezca otro show, gratis.
Le encantaba la fiesta."Es chévere ser grande, pero es más grande ser chévere", dijo en una entrevista, pero ese personaje que cantaba para que la gente disfrute tenía problemas personales que en ocasiones no podía controlar. En 1988, tras una discusión con su esposa, intentó suicidarse.
En sus años junto a Willie Colón y luego con la Fania All Stars, dependía demasiado del trombonista, pero cuando el grupo se separó y se convirtió en solista, al contrario de los que muchos pensaron, pudo mantener su carrera en lo alto.
Héctor Lavoe grabó nueve discos en solitario. Entre las canciones de ese periodo musical, destaca “El Cantante”, aquel tema que explica tan bien su vida: “Me paran, siempre en la calle, mucha gente que comenta. ¡Oye Héctor!, tú estás hecho, siempre con hembras y en fiestas. Y nadie pregunta, si sufro, si lloro, si tengo una pena, que hiere muy hondo. Yo soy el cantante, porque lo mío es cantar, y el público paga, para poderme escuchar...”
Preguntando en el Cabo Rojeño, cada salsero tiene su preferida. “De largo 'Periódico de Ayer'”, dice un personaje que asiste casi semanalmente al bar porque le gusta la música del lugar. “Todo tiene su final” y “Juanito Alimaña”, “Triste y vacía” son otras de las nombradas. Más allá de los temas por separado, lo que destacada el bajista Juan Carlos Vergara, que hoy organiza un tributo al cantante, era “su facilidad impresionante para poder 'descargar', él se adaptaba perfectamente a los escenarios, público y situaciones que se iban dando en sus shows y 'al paso' convertía en letra todo lo que sucedía ante sus ojos, esa característica fue única en él. Si bien es cierto que la salsa tiene este elemento, el soneo, como su ingrediente principal, Lavoe fue el que lo llevó al siguiente nivel, con su huella bien marcada y con ese sabor de la calle”.
Además de los vicios, la muerte de sus familiares afectaron a su carrera. Cuando falleció su hijo en 1987 en un accidente, comenzó su declive y alejamiento de los escenarios. Luego de unos años decidió volver a lo grande, pero su estado de salud lo impidió.

En 1993, luego de haber contraído sida por causas no aclaradas, y tras pasar un año en un hospital con muy poca gente acompañándolo, Héctor Lavoe murió en Nueva York producto de un ataque cardíaco. En 2002, sus restos fueron trasladados a su país natal y hoy reposan en el Cementerio de la ciudad de Ponce.
Esa vida desenfrenada que terminó de manera triste es el ingrediente que logra que se lo idolatre más. En muchos lugares del continente, Lavoe es casi una religión. Según Itúrburu, y Juan José Macio, otro de los asistentes a sus conciertos, Lavoe tiene más seguidores hoy de los que tenía cuando estaba vivo.
¿La salsa, un periódico de ayer? El género musical ha evolucionado a otros ritmos, los intérpretes la mezclan sin respeto con ritmos modernos, y escasean las canciones nuevas de salsa pura. Quizás por ello es que los salseros de cepa, esos que llenan el Cabo Rojeño y los demás bares de Guayaquil en donde solo se escucha este tipo de música, se aferran a los versos Héctor Lavoe, de La Voz. (E)
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