Lo confirmamos en cualquier fiesta o salida: rodeados de gente y con música que estimule, es imposible negarse a la pista. Como un imán, atrae y no discrimina a nadie: abuelos, chicos, hasta el más “tronco” de la familia se deja llevar por el compás. Pero lo que pocos saben es que bailando podemos encontrar la forma más divertida de ejercitarnos. Incluso aquellas personas que se resisten a la actividad física “tradicional”, como las rutinas de gimnasio y la práctica de deportes, encuentran en la danza una solución completa. Bailar es una fuente de beneficios para nuestro cuerpo, y nos hace bien tanto física como emocionalmente. La mente se despeja, se olvida por un rato de los problemas y las preocupaciones, la concentración se focaliza y los reflejos se agudizan. Cada cual atiende su baile, y el que no, ¡que copie los pasos del compañero!
¿Cuáles son los beneficios físicos?
Como cualquier actividad moderada que se realice diariamente y en forma programada, puede mejorar significativamente la salud, contribuir al bienestar y potenciar la calidad de vida. Invertir tan sólo 30 minutos diarios para llevar a cabo un ejercicio tan dinámico como bailar pone en actividad varios grupos musculares a la vez. ¿Por qué? Porque requiere una movilidad completa de todas las partes del cuerpo –piernas, brazos, cintura, cadera–, lo que mejora nuestro tono muscular y el estado de las articulaciones, que se tornan, con la constancia, cada vez más ágiles y flexibles. La práctica regular de la danza también ayuda a estimular la circulación sanguínea, mejorar el sistema cardiovascular, aumentar la capacidad pulmonar, regular la tensión arterial y favorecer el equilibrio. Al quemar calorías, contribuye a la pérdida de peso. La cantidad de calorías eliminadas en media hora de baile es mayor que la quemada en media hora de bicicleta, caminata (calculando 6 km por hora) o realizando un entrenamiento con pesas.
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¿Y los beneficios emocionales?
Después del baile, siempre nos sentimos bien: el cuerpo combina la sensación de sentirse más relajado y más energizado a la misma vez. Esta doble sensación tan gratificante se debe al hecho de que bailar (el ritmo que sea, como profesionales o como amateurs, solos o acompañados) es una de las formas más entretenidas y eficaces de realizar actividad física. Y cuando escuchamos a un bailarín al abandonar la pista decir: “Dejé todo ahí”, es porque de verdad la danza “descarga”: sus movimientos contribuyen a liberar emociones y a aligerar sentimientos. Cada persona, cualquiera que sea su edad y su estado físico, puede encontrar el tipo de baile que mejor la represente: la salsa, el tango, el hip hop, la danza clásica o el folclore no son sólo ritmos, sino formas de expresión completas cuya práctica permite, a cada uno de manera diferente, descubrir cosas nuevas acerca de sí mismo y de sus propias capacidades expresivas.
Además, la práctica del baile permite aflojar tensiones, reducir los niveles de estrés y olvidar –por un rato– las preocupaciones, despejando la cabeza. Cuando las clases son grupales, además, generan que la persona entre en contacto con otras, y la obligan a interactuar, lo que mejora las aptitudes para la vida social y, consiguientemente, la confianza. Casi siempre, el baile ayuda a descubrir que uno puede mucho más de lo que se imaginaba, lo que eleva la autoestima. Aparatos, pesas, yoga, pilates… Durante los últimos veinte años, hemos visto cómo todos los centros de gimnasia fueron albergando cada vez más y más disciplinas de todo tipo. Pero, en los últimos tiempos, se acrecienta cada vez más la cantidad de personas que optan por la danza. Encuentran en el baile una forma más divertida de cuidar la salud física.
Fuente: Nutricion, Salud y Bienestar Nestle
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